Ante manifestación del sábado 30 de mayo en Logroño por el derecho a una vivienda digna, entrevistamos a Javier Gil, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), doctor en Sociología por la UNED y autor del libro Generación Inquilina. Un nuevo paradigma de vivienda para acabar con la desigualdad. Conversamos con él sobre cómo las dinámicas especulativas del mercado inmobiliario han roto el bienestar de la clase trabajadora que ya no tiene asegurada un pilar central como la vivienda. Una situación a la que no son ajenas tampoco las ciudades medianas y pequeñas.

La vivienda se ha convertido en una estructura de exclusión social permanente. Bajo esta premisa, el sociólogo e investigador Javier Gil acuñó el término “Generación Inquilina”, un concepto que no entiende de edades pero sí de realidades socioeconómicas compartidas. “El concepto nace en 2008, se trata de la población más joven de aquel entonces, cuyo rasgo central es que no pueden acceder a una vivienda en propiedad, no porque no haya casas sino porque están excluidos”, explica Gil. De esta manera, se produce una fuerte concentración de las propiedades inmobiliarias, que cada vez están en menos manos. “Desde 2008 hay mucho capital especulativo que busca refugio en el mercado inmobiliario, lo que provoca que suban los precios de la vivienda y los desconecta de la economía real y de los salarios”.
Un modelo fallido que destruye la salud mental
En este contexto, la primera generación inquilina llega a la madurez y “no escapa del alquiler a través de su salario, porque los salarios ya no pueden pagar los precios de la vivienda”. Cada vez más generaciones se unen a este grupo social. La exclusión residencial ha dejado de ser un problema juvenil para convertirse en una realidad estructural que acompaña a las personas durante toda su vida. “Da igual que trabajes, que estudies, que te esfuerces, que en última instancia tu bienestar va a estar determinado por la capacidad de heredar una vivienda”, describe el investigador, lo que advierte que genera desafección de la población trabajadora con los valores de la sociedad, “porque dicen: ‘ya no merece la pena'”.

Las consecuencias de dejar la vivienda en manos de la especulación van mucho más allá de lo económico, impactando directamente en la estabilidad emocional y en los proyectos de vida. “Ya no puedes acceder a bienestar porque tienes una cosa central que no está asegurada y que eso genera inestabilidad, empobrecimiento, precariedad…”, subraya. Esta generación abocada al alquiler vive, como recalca el sociólogo, “marcada por la precariedad vital, por el malestar permanente porque es dedicar muchísimo dinero al pago de la vivienda, vivir bajo la incertidumbre si te van a echar o no, de si te van a subir al alquiler o no, de que te echen y tengas que cambiar de barrio, de escuela, de centro de salud…”.
Vivienda pública, cooperativa y asequible como solución
Frente a la ineficacia de las medidas actuales, el autor de Generación Inquilina señala la necesidad de un giro drástico en las políticas de vivienda y defiende la vivienda pública, cooperativa y asequible como “lo único que lo puede solucionar de manera general”. “Frente al mercado del alquiler privado y a la sociedad de propietarios, hay que impulsar ese sector público, sector sin ánimo de lucro, que cada vez promueva más viviendas”, apunta en referencia al ejemplo de la ciudad de Viena. De esta manera, Javier Gil detalla que ante unas condiciones favorables, como que el 20% del parque de viviendas sean alquileres indefinidos, a bajo coste, con lucro limitado, la población querría acceder a esas viviendas y el mercado privado tendría menos capacidad de intervenir de imponer precios especulativos.
Estas dinámicas actuales de la situación de la vivienda no pertenecen solo a las grandes urbes y afectan ya a territorios pequeños y medianos como La Rioja. El negocio especulativo, con sus fondos buitres, pisos turísticos, multipropietarios e inversores subidos al carro, ven ya estos lugares como nuevas oportunidades de negocio. Mientras el negocio avanza, la emancipación juvenil desciende. Generaciones enteras, que sí han recuperado el empleo tras la crisis, ven como el alquiler se come todo su salario. Una rueda perversa que demuestra, en palabras del propio sociólogo, que estamos ante “un modelo fallido”.

